Al terminar de leer la noticia sobre la instalación en Canadá del primer cajero que cambia dólares por bitcoins, pensé, por una vez, en positivo, y que el sistema de dinero digital cuajaba. Todo el mundo lo adoptaba como útil, se creaban sistemas de alta seguridad abiertos (gratuitos) y enseguida surgían los servicios periféricos.

En nada se inventaba un botoncito que se instalaba al final de cada artículo, blog o post y permitía el pago de contenido, conectando la cuenta de cada cual, con el dueño del mismo. Como una tarjeta de dédito intangible pero aún más rápido.

De este modo podía pagar por lo que quería consumir, en detalle. En vez de leer un sólo periódico, leería a dos periodistas concretos, La Contra de La Vanguardia y la sección internacional entera, si quería, de otro.

Pagaría por libros o películas concretas sin subscribirme a nada. También por cursos o clases online.

De hecho destinaría una cantidad al mes a modo de semanada, para los fijos.

Y así surgirían nuevas profesiones, como el de programador o filtro, personas que me aconsejarían o venderían contenido empaquetado. Su calidad variaría según el tipo de intermediario que fuese.

Si no quiero pensar y me dejo guiar por lo generalista, compro algo ya concebido, si prefiero alimentarme a la carta, escogería yo misma.

Lo mejor del sistema es que los creadores de contenido cobrarían por su trabajo.

Lo malo: seguro que muchas cosas. A bote pronto me imagino a los diarios cobrando a los periodistas por dejarles escribir bajo su nombre, a modo de quién vende un espacio publicitario.

Habría ciber-estafas de bitcoins, intentos de bancos usureros y no creo que se solucionase demasiado el tema de la piratería, pero sería un principio.